Deus ex Draco

miércoles, 7 de noviembre de 2012


No tenía ni la menor idea de lo que estaban diciendo, pero hasta él podía intuír que el tono de aquel poderoso dragón de escamas rubí y nombre impronunciable revelaba cierto temor reverencial en sus palabras ante Tiamant.

"Uno pensaría que el un dios para los dragones tendría tener cierto porte de majestuosidad"-pensó Garland mientras estudiaba aquel que había detonado las hostilidades entre dragones y humanos hacía ya cientos de años. Tiamant, para ser un dragón, era extremadamente pequeño; no mediría más de tres metros erguido (postura que hasta el momento no había cambiado) y ningún colmillo sobresalía de su escaso hocico. Dos enormes cuernos sobresalían por la parte posterior de su cráneo para volverse hacia delante. Sus desproporcionadamente grandes alas, lejos de asemejarse a las alas de cuero de sus devotos, estaban compuestas de plumas tan negras como las escamas que le cubrían el resto del cuerpo. Sus ojos emitían un destello rojo tal que parecían arder en las cuencas. - "Bueno, tal vez el tamaño no lo sea todo"

Observaba la situación desde saliente próximo al techo, encapuchado y al abrigo de la oscuridad. Por suerte para él, la sala estaba vagamente iluminada por unas pocas llamas congeladas en el aire, inmóviles. Si algo  había aprendido en los últimos días era que que en el archipiélago flotante de Sénogard los dragones no tenían gran pasión por las estancias luminosas.Todo allí estaba esmeradamente tallado por el fuego en la roca, arte en el que al parecer la presencia de ventanas no era bienvenida. Garland se sorprendió pensando en el significado de los abstractos relieves de las pareces cuando el enorme dragón rubí se marchó de la estancia echando un vistazo rápido al rincón donde se encontraba agazapado.

"Nah, si me hubiera visto habría reaccionado"

Acto seguido Tiamant se volvió para ocupar de nuevo su pétreo trono, oportunidad que Garland aprovechó para descender en silencio como un gato y avanzar ágilmente por la sala, esquivando las zonas iluminadas por las llamas congeladas mientras desenfundaba la hoja de vacío que le había otorgado su padre con un propósito bien distinto.

-¿Vas a matarme?
-...

Garland tenía la hoja a escasos centímetros de su cuello.

 "¿Puede verme?"

-Claro que puedo verte. Y mucho más -dicho esto Garland fué alzado en el aire por unas manos invisibles que le sujetaban las extremidades, alejándo a señor de Sénogard de su alcance. La hoja de vacío cayó al suelo con un estrépito sordo -. Pequeño cachorro humano -susurró directamente a la cara de Garland, que le giró la cabeza al notar su sulfúrico aliento-, eres bastante hábil para su especie, pero ¿realmente creías que habías tenido éxito donde todos tus predecesores habían fracasado antes siquiera de acercarse a esta fortaleza?
-No... -tosió- No había razón para pensar lo contrario.
-La había, pero me temo que no la conocen muchos de los tuyos - tenía una voz profunda que parecía casi humana, pero su tono resultaba aburrido. O realmente la situación le daba igual o los dragones eran más diferentes de los humanos de lo que Garland creía-. Los dragones más antiguos son algo más que dracos de inteligencia y poder superior...

"Vaya, hay que ver lo que les gusta hablar a estos bichos"

-Solo te lo digo para que entiendas tus circunstancias-suspiró Tiamant, aburrido.

"Mierda"

-La cuestión es que nosotros, a diferencia de los humanos y nuestros engendros, no vemos la luz. Solo vemos diferencias en la temperatura. Para que lo entiendas, lo cálido se proxima más al color de mis ojos y lo más frío al negro de mis alas.
-¿Y eso tú cómo lo sabes? -se le escapó a Garland.
-Tus pensamientos no son lo único que me resulta permeable en tu cabeza- la interrupción pareció irritarlo levemente, pero sus ojos seguían mirando sin interés-. Sabiendo esto y viendo las lucecillas que cubren el lugar en que estamos... ¿qué crees que ha sido tu camino hasta aquí?
-...

"He hecho exactamente lo que él pretendía que hiciera"

-¿Una invitación? -aventuró, bastante seguro de su respuesta.
-Exactamente-confirmó reanudando el camino hacia su trono-, aunque no esperaba que te lo tomases como tal. Ahora procura no volver a intentar atentar contra mi vida... -una vez Tiamant estuvo sentado en aquel trono de piedra, los grilletes invisibles que sostenían a Garland en el aire se soltaron abandonándolo a una breve caída-... y háblame de tu padre.

Viejo nuevo orden.

sábado, 14 de enero de 2012

Arcanis Capital, once de la mañana.


-¡El emperador a muerto! ¡El juez supremo ha sido asesinado!

Tiberio caminaba por las entramadas calles de Arcanis una mañana cualquiera cuando un pregonero pasó por su lado, berreando como un loco como solo los pregoneros acostumbran cuando tienen malas noticias. Sin poder dar demasiado crédito a la noticia, disimuló su apuro y torció el rumbo por una callejuela. Hoy no iría al cuartel. En cambio, se dirigió inmediatamente y con paso acelerado a "El camino del Rey", olvidando toda precaución. Irrumpió en la taberna, a esas horas vacía, e inmediatamente se dirigió a la posadera.

-Quiero una habitación- soltó, jadeante- muy oscura, por favor.
-A estas horas de la mañana excusad de andaros con precauciones, Tiberio- le sonrió Vibia mientras echaba cuentas sobre un pergamino-. Ya sabes donde está el jefe.
-Toda precaución es poca. Gracias de todos modos-la correspondió Tiberio.

El hombre bajó al almacén de la taberna quitándose la capa y, cuando llegó al quinto barril de vino, dió cinco golpes secos con una llave sobre el grifo. Con un leve "Clack", la tapa se abrió y entró hacia el fondo iluminado.

-¿Quien es? -preguntó una voz suave y profunda.
-Tiberio, señor- anunció-. Vengo a informar sobre algo importante.
-Que el emperador ha muerto, ¿verdad?- dijo Casius Arcana, alzando la mirada de su escritorio.
-O sea que ya estais...
-Más de lo que creeis, muchacho. Tengo muchos informadores en palacio, y llevo tres horas investigando el asunto. Esto es lo que me han traido hasta ahora -señaló varios pergaminos del escritorio- y aún tengo a varias personas investigando ahí fuera.
-No quisiera pecar de curiosidad -soltó casio por educación, aunque sabía que la pregunta lo carcomía-, ¿pero entonces que ha sucedido en palacio?
-Pues por lo que sé... encontraron el cadáver del juez supremo Flavius en la sala del trono a las siete de la mañana, junto con los de cuatro jueces. Se sabe que el agresor ha desaparecido, pero no se conoce el motivo del asesinato. Y estarás de acuerdo conmigo en que no hay demasiadas personas en el imperio capaces de asesinar a tantos jueces de ese rango a la vez.
-¿Creeis que pudo ser cosa de algún dragón vengativo? En otro tiempo Flavius fué un gran azote para su orden durante la guerra.
-Francamente, lo dudo. He sido testigo del poder de los jueces durante la guerra, y además, hasta el propio Tiamant sabe que no conseguirá nada asesinando a un solo emperador-suspiró Casius-. A rey muerto rey puesto, como se suele decir.

En ese momento, un portazo se oyó arriba, en la taberna y acto seguido, los cinco golpes en el grifo del quinto barril. De la penumbra emergió un muchacho joven, más que tiberio, ataviado con una túnica de mago. Jadeando, buscó la mirada de Casius, quien se levantó preocupado a atenderle mientras Tiberio le sostenía. Apenas se mantenía en pie.

-Estos magos no saben lo que es la actividad física, mi señor- comentó Tiberio, con media sonrisa.
-Shh. Salvio, muchacho, ¿que ha sucedido?-le preguntó Casius, encorvándose levemente.
-El asesino... del emperador...-informó entrecortadamente- fué el maestro... Garland...
Casius se sorprendió en silencio, mientras Tiberio no pudo callarse.
-¿Garland? ¿El indultado? ¿El viento de ébano que barrió los campos de batalla en la guerra en nombre del imperio? ¿Pero estais ebrio a estas horas?
-No es todo...- lo interrumpió Salvio, recuperando el aliento- ellos... me apresaron escuchando... suero de la verdad... saben de este escondite... ¡están viniendo hacia aquí!

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Lo que la gente percibe como el milagro de la magia es sencillamente una hábil combinación entre comprensión y manipulación. Lo que hace a los artífices del mundo, o comunmente llamados “magos” tan especiales es sencillamente una característica hereditaria muy escasa. Solo descendientes de artífices tienen alguna posibilidad de llegar a ser considerados como tal. Y el primer paso para ello es ser consciente de que la “magia”, de por sí, no existe. Lo que llamamos magia solo es la consecuencia de un proceso; un proceso, como ya he escrito, basado en la comprensión. Sin embargo, este es un tratado sobre magia, así que tendremos que empezar por darle una definición concreta sobre la que asentarse. Para ello hay que remontarse al mencionado proceso.

Este proceso se desarolla en un ambiente formado por dos objetos: el “uno” y el “todo”, entendiendo por “uno” el artífice y por “todo”, el conjunto de las fuerzas del mundo y el mundo en sí. Ambos se encuentran relacionados por la magia. Un artífice experimentado ha de percibir el mundo y sus fuerzas como parte de sí mismo para poder tallarlo. El presente volumen se haya dedicado por entero al estudio de este punto en particular. Más allá de esto, habiendo sido capaz de percibir el “todo” como parte del “uno”, el artífice debe comprender y conocer este “uno” tal y como conoce las líneas de sus manos (vol II). Este proceso requiere tiempo y dedicación, pues el conocimiento de las fuerzas es algo realmente costoso, más a nivel psicológico que intelectual, ya que estas fuerzas han de ser interiorizadas, y su manipulación (vol III), necesariamente ha de acabar siendo una capacidad tan natural como el habla. Este último paso, una vez habiendo superado el segundo requisito, resulta relativamente sencillo al ser un proceso práctico en su totalidad, cuyo conocimiento solo puede ser transmitido a través de un artífice experimentado.

Habiendo hecho un esbozo de todo el proceso que desgranaremos en lo sucesivo, podemos concluir que la única definición posible y fiable para el fenómeno de la magia es sencillamente la de “fuerza”. Más concretamente, “fuerza dedicada a la manipulación de las fuerzas”

Cabe señalar que incluso los seres completamente incapaces de manipularla, experimentan la magia. Muchos autores consideran este fenómeno de continua experimentación como “vida”. El presente tratado estudia esta postura de forma escéptica, considerando este fenómeno sencillamente como “presencia”, ya sea viva o inerte.

Disfrute de la lectura.


Tratado sobre Magia Práctica para artífices principiantes, volumen I: Prólogo
Conde Duque Pascal Van Orpheos, Arcanis 1219

Tren

sábado, 5 de noviembre de 2011

-¿En qué piensas?

Matoya le miró, pasivo, solo para volver a fijar la vista en cielo gris y lloroso que seguía al tren. Se tomó su tiempo para responder con tristeza.

-En nada. No tengo nada en qué pensar. Ojalá.

A diferencia de Matoya, Garland se encontraba de pie, apoyado a la pared, sin ofrecer el más mínimo interés en el exterior del tren. Sonreía con aquella desconcertante sonrisa de niño travieso que tan nervioso ponía a su compañero, quien parecía haberse contagiado de la eterna tristeza del cielo de las Tierras Grises. En su constante vagabundeo por el mundo, Matoya había pasado en varias ocasiones por las Tierras Grises. Algo le solía llamar al norte de aquel país fantasma, pero nunca encontró nada salvo un hombre al que solía visitar, en la costa. Lo más parecido a un amigo que solía tener, hasta que de forma desconcertante Garland llegó a su vida. Sin saber muy bien por qué, aquel chico tan sumamente inmaduro le inspiraba cierta simpatía; sobre todo porque aún a pesar de su juventud parecía tener muy claras demasiadas cosas.

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martes, 18 de octubre de 2011

Estaba solo. De pie, desafiando el vértigo, ante el abismo sin fin. Quiere abandonarse a la gravedad, pero el miedo lo paraliza. No sabe lo que ocurrirá si se abandona. Despues de todo, el abismo no tiene un fondo que temer. Y, sin embargo, es incapaz...

-¡Nero!-estalló una voz familiar- ¡El capitán te requiere!
-¿Damos?-dijo Garland, desperezándose- ¿Tienes idea de que hora es?
-No lo sabes ni tú. Anda, apura, que he tenido que abandonar la guardia para avisarte y el jefe se mosquea... Y date una ducha, que mi perro huele mucho mejor.

Aún no había amanecido. Garland echó un vistazo al reloj y se disgustó al leer las cuatro y cuarto. ¿Cuanto tiempo hacía que no veía las cuatro y cuarto? Pensando en su última guardia, se pegó una ducha rápida y se atravió con el uniforme negro que le correspondía. Con paso torpe atravesó el buque para presentarse en la oficina del capitán, quien, para su sorpresa, estaba despierto y fresco como una lechuga.

-Descanse, muchacho- saludó con su extraña familiaridad distante, atravesándole con la mirada- Sé que resultará extraño para tí, pero nuestra na ción requiere de tus servicios ahora.
-Creí que no se planteaba la posibilidad de ninguna batalla hasta nuestro desembarco, señor- inquirió Garland, extrañado.
-No estoy hablando de la batalla propiamente dicha. Verás, un grupo de soldados de élite viajan en incógnito entre nosotros. Tienen una misión muy concreta y se me ha encargado su custodia, aunque no responden ante mí. De todos modos...
-No estaba al tanto de la situación, señor.
-Viajan de incógnito para todos. De hecho, yo tampoco debería de saber que están aquí si no fuera porque requieren de mi ayuda. En teoría, ellos deberían de desembarcar mañana por la noche para llevar a cabo su misión, de la cual tampoco estoy al tanto. Nuestra idea era hacerlos pasar por enfermos, manteniéndolos en cuarentena hasta el desembarco, donde tendrían que reunirse con nosotros como si hubieran salido de sus camarotes. El problema es que uno de ellos... en fin, ha caído enfermo de verdad y está completamente incapacitado para seguir adelante. En vista de la situación, han solicitado la ayuda de algún sujeto con un historial destacado. Iría yo mismo, pero como comprenderás, no puedo abandonar mis obligaciones así como así.
-Me honra que destaque mi historial, señor- comentó Garland, sintiéndose bastante halagado.
-Es más que eso. De todos nuestros reclutas eres el único que, aún siendo incapaz de emplear la magia, ha sido promocionado al rango de Mago de Batalla. Y aunque las malas lenguas aseguran que se debe a la posición de tu madre en el Imperio...
-Ejem...
-... yo sé perfectamente que ni el más aventajado de tus compañeros sería capaz de batirte en un duelo limpio. De hecho, creo recordar que ningún mago te ha tumbado hasta la fecha- Garland se hinchó con orgullo-. Y es precisamente eso lo que te hace tan valioso en nuestra lucha contra los dragones.
-Gracias, señor. Tomaré esta misión con el entusiasmo que se espera de mí.
-Eso esperaba oír. Ahora acompáñame. Tus nuevos compañeros te darán más detalles.

Humanidad (II)

jueves, 15 de septiembre de 2011

Tras unas cuantas horas desplumando, Arcant decidió volver a casa con su hijo. En el camino, mientras contaba las monedas que había conseguido, Arcane le tiró de la manga.

-Papá...
-¿Hum?
-¿Puedo ir al bosque a jugar con los chicos?-preguntó el niño.
-Sí, sí -respondíó su padre, distraído y ligeramente extrañado.

Arcane marchó en dirección opuesta, hacia el bosque de Agarta. Aunque a sus once años no era un muchacho muy sociable, tres chicos del pueblo habían insistido en que les acompañara a explorar la cueva del Bardo, conocida por la curiosa melodía que el viento entonaba desde alguna abertura en su interior.

-¡Eh, Arcane! ¡Aquí!

Después de un buen rato caminando, había llegado a la puerta de la cueva, donde Trisien, un muchacho larguirucho, le había citado junto con sus colegas Azur y Vermes, ambos gemelos. Los tres llevaban lamparas de aceite, detalle en el que Arcane no había pensado.

-¿Estás listo para codearte con los mayores?- comentó el primero, dandole unos golpes amistosos en el hombro.
-Sí, pero... yo no traje ninguna lámpara.
-Bah, no te preocupes-lo tranquilizó Vermes-, con estas tres nos llega de sobras. ¿Vamos entonces?

Así los tres encendieron sus lámparas penetraron en la oscuridad de la cueva. Aunque Arcane no se fiaba demasiado de ellos, el que no intentaran darle ningún susto le tranquilizó y se sintió más seguro, al menos hasta que llegaron a un rellano en la roca con cuatro salidas. Allí los chicos se detuvieron.

-Si seguimos más adelante, no sabremos como volver.-dijo Azur.
-¡Eh, Arcane! ¿Que te parece si jugamos a un juego?-propuso Trisien.
-¿Aquí?
-Claro, si no jugásemos aquí no tendría gracia. Tienes que cerrar los ojos y dar varias vueltas contando hasta diez. Si cuando los abras sabes cual es la entrada por la que hemos venido, vendrás con nosotros a dormir a mi cabaña esta noche. ¿Que te parece?
-¡Vale!-respondió Arcane sin dudarlo. Los juegos de azar se le daban muy bien, así que sería una buena oportunidad para impresionarles y de paso, hacer un par de amigos.


Arcane empezó a dar vueltas, contando hasta diez y manteniendo siempre los ojos cerrados. Sabía que cuando los abriera, su mente le indicaría la puerta correcta nada más verla. Sin embargo, cuando abrió los ojos, ni se encontró a sus compañeros ni las puertas ni nada. Solo oscuridad.

-¿Chicos? Preguntó asustado.
-¡Esto por ayudar a tu padre a hacer trampas en la taberna!-dijo una voz que no parecía venir de ninguna parte.

No entendiendo bien por qué habían tomado con él el mal jugar de su padre, Arcane empezó a palpar las paredes de piedra, cada vez más agobiado. El pánico le inundó y empezó a dar vueltas por la sala hasta que un saliente le golpeó la espinilla, provocándole un doloroso pinchazo. En la oscuridad, se sentó abrazándose las piernas con cuidado de no tocar la herida y esperó, esperó durante lo que le parecieron horas cuando sin embargo no habían pasado ni quince minutos. De pronto, la famosa melodía de la cueva empezó a sonar; sin duda fuera se había levantado viento. En ese caso, habría una salida siguiendo el sonido, pensó Arcane. Tembloroso de frío o tal vez de miedo, empezó a avanzar siguiendo ese sonido. Palpando las paredes, se dio cuenta de que había dejado la sala; sin embargo, el suelo parecía empinarse cuesta abajo, inclinación que Arcane no recordaba al entrar. Aún así, continuó convencido de que encontraría otra salida más adelante. Caminó rato y rato, siguiendo la música, a veces gateando por la altura del techo, a veces caminando sin tocar ni siquiera las paredes de la cueva, como si se moviera por una gran galería de piedra. De este modo, fué confiandose a pesar de estar en la oscuridad hasta que dió un paso en falso. Y cayó. Cayó unos instantes en la oscuridad temiendo que moriría ahí abajo, olvidado por todos...

Hasta que llegó al agua. Ileso, empezó a dar vueltas pensando en lo grande que sería aquella laguna subterránea, que empezaba a concebir como un mar en la penumbra. Entonces, distinguió una luz, a unos veinte metros. Nadó hacia ella creyendo estar salvado, siempre siguiendo la música. La luz salía de otra galería en la piedra, por la que caminó mucho más tranquilo de poder ver el suelo que pisaba. Las paredes, de las que emergían cristales de cuarzo translúcidos, le otorgaban a aquella caverna un extraña e incomprensible belleza. Al final, Arcane se vió en una sala como la que había abandonado, una eternidad antes, pero con aquellas extrañas joyas de la naturaleza cubriendo sus paredes. Allí, sentado contra una pared, estaba la fuente de la famosa música por la que la cueva del Bardo era tan famosa. Un dragón. Pero no era un dragón como los que había visto cazar a los del pueblo, era mucho más pequeño, y parecía consumido. Apenas debía de medir tres metros, tres metros de escamas que casi rozaban los huesos. De su espesa melena blanca emergían dos cuernos negros, uno de ellos roto. En cuanto el dragón reparó en la presencia del muchacho, dirigió su atención hacia él, dejando de entonar aquella música fantasmal que emergía de su garganta. Sin abrir los ojos, habló.

-Este olor... me suena... ¿sois humano o demonio?
-...-Arcane no respondió, empequeñecido ante la majestruosidad de su anfitrión.
-¿No teneis lengua, mortal?-se quejó, dejando escapar un suspiro de impaciencia que más bien se antojó de tristeza.
-Humano, señor... Mi nombre es Arcane, señor...
-Ya veo... ¿Que tal están las cosas ahí fuera, humano?
-Yo... no lo sé, señor... solo soy un niño...
-Una cría... Vaya, después de siglos sin saber nada de otro ser vivo, y la única visita que recibo es la de una cría, una cría humana...
-Yo... lo siento, señor.
-No os disculpeis , muchacho. Una vez una mujer de tu especie me demostró que los humanos teneis mucho que enseñar, incluso a seres que un día nos creímos inmortales. Veo en vuestra mente que tan solo el hecho de que sepa hablar os sorprende.
-Esto... así es, señor...
-Sí, sí, veo en vuestros recuerdos que solo has conocido a mis congéneres más salvajes... desgraciados productos de un deber ya olvidado... quedan pocos como yo, muchacho. Y estoy seguro de que hace muchos años que ningun humano entra en contacto con uno de ellos como ahora...
-Señor... no sé... ¿puedo preguntarle quien sois?
-Claro que podeis, chico, pues ambos somos compañeros de celda ahora. Mi nombre es Garland, Guardián del Tiempo y uno de los doce Discípulos de Tiamant... aunque a estas alturas solo debemos de quedar cinco, a lo sumo -suspiró-. Pero más bien, os preguntais qué hago aquí... sí, sois como un libro abierto para mí, joven. Hace muchos siglos uno de tus congéneres, una mujer llamada Eva, consiguió hacerme ver lo positivo de vuestra especie. Aunque los protodragones somos seres prácticamente asexuados, esa mujer me lo demostró cautivando mi alma. Y, transmutando mi propio cuerpo en una forma humana, tuve mi primer y último descendiente con ella. Y fué él quien me condenó a una eternidad de olvido aquí, respirando cada bocanada de aire como si fuera la última. No puedo morir, pero es como si estuviera muerto.
-Lo siento mucho, señor...
-No necesito vuestra compasión, cachorro humano. Pero... puedo ver en vos algo. Teneis un talento para nuestro arte. Veo que vuestro padre está pervirtiéndolo con su avaricia...
-¿Talento, señor...?-inquirió Arcane, entre asustado y fascinado.
-Un talento que compartes con nosotros. Serías un magnífico recipiente para mi legado. ¿Querrías heredar mi sabiduría y poder? Vos escaparíais de una terrible muerte en este agujero y para mí sería una forma de devolver mi presencia a la superficie.



Aquella noche, la cueva del Bardo detuvo su canción para siempre.

Humanidad (I)

miércoles, 3 de agosto de 2011

-¿Y bien, muchacho?- le susurró Arcant.

Arcane no dudó. Con una afirmación de cabeza, corroboró las instrucciones que Arcant, su padre, le susurrado horas antes, en su casa. En aquella época en que los pueblos no se veían movilizados por amenazas externas y vivían en paz en su aislada organización, los juegos de taberna eran el único pasatiempo que consumía su existencia. Y el mejor jugador, cuya suerte retaban todos era Arcant. El hombre más rico del pueblo de Agarta. Una fortuna reunida casi exclusivamente gracias a la extraña habilidad de su hijo Arcane para manipular los dados. Una habilidad completamente anodina.

El adiós de la infancia

jueves, 28 de julio de 2011

-Adiós, señor Parquiss- se despidió un joven Garland.
-Nos vemos, muchacho-correspondió el señor Parquiss-. Ven a visitarnos de vez en cuando.
-Claro, señor-dijo Garland, convencido de que no volvería a pisar aquella casa de cría nunca más.

Aún así, sintió un pequeño pinchazo de tristeza al atravesar el jardín, congelado por la helada de la madrugada, y abandonar aquel lugar en el que había vivido los primeros quince años de su vida. No había hecho muchos amigos ya que la mayoría de los muchachos que llegaban a aquel lugar lo hacían por desinterés de sus padres o forzados por su situación. Así, él no podía entender cómo se sentían, ya que, aunque conocía a su madre, se había criado entre aquellos muros desde que recordaba. Y su madre... en fin, nunca era un placer verla. Por suerte solo se pasaba una o dos veces cada tres meses. Y hoy, si todo salía como esperaba, sería la última vez que la viera en mucho tiempo...

Llegó a la puerta de la entrada. Allí esperaba Hvid, su madre; la juez Ibenholt, ante una pequeña diligencia con el escudo del Imperio. Sin mirarle y haciendo anotaciones en un cuaderno, le indicó con un leve gesto de la mano que entrara en el carro. Garland agachó la cabeza, esquivando su mirada y se acomodó dentro con su petate.

Su madre entró y, por primera vez, sus miradas se cruzaron. Como siempre, Hvid escudriñaba los ojos del joven Garland, analizandolos, como si intentase intuir algo en ellos, costumbre que Garland detestaba. El carro se puso en marcha y Garland intentó romper el silencio como buenamente pudo.

-Veo que seguís ascendiendo en el escalafón madr... jueza Ibenholt.
-Así es, muchacho-comentó Hvid, relajando un poco el gesto; aún así, seguía mirándole con dureza, con aquellos ojos azulados que parecían estar taladrándole el cráneo- Espero que durante tu formación militar aprendas el valor del esfuerzo y la perseverancia mediante la disciplina. Algo que resulta evidentemente necesario en tu educación-añadió con una mirada reprobatoria, con toda seguridad, lamentando el aspecto desharapado del que tenía la obligación de llamar “su hijo”.
-Y así lo haré, señora- se resignó Garland ante ella, sabiendo que cuando saliese de allí no cambiaría sus costumbres ni un ápice.


Durante el trayecto no volvieron a comentar gran cosa más. Lo único que Garland lamentó fue no poder sentarse más lejos de aquella mujer cuya aura de severidad y poder a partes iguales le oprimía la garganta como una soga. Cuando llegaron a la Academia ya a media mañana, en Tierras Grises, el alivio de Garland fue infinito. Se bajó del carro despidiéndose con un seco “adiós”.

-Espero que la próxima vez que nos veamos te hayas convertido en un hombre hecho y derecho, chico-se despidió su madre con una ligera nota de desprecio.

“Y yo espero que tú te hayas convertido en la bruja ebria de poder que aspiras ser” pensó Garland, pero no se le ocurrió mencionarlo. En la puerta de la academia había bastantes muchachos de su edad y un poco mayores haciendo cola para fichar. En tiempos de guerra no paraban de salir nuevos reclutas de academias como esta para cubrir las numerosas bajas, cortesía del eterno conflicto entre humanos y dragones. Garland agarró su petate y se puso a la cola, como uno más. En el futuro, su papel sería bien distinto del de los demás.

Reencuentro

martes, 19 de julio de 2011

Otra noche bulliciosa en las calles de Cornelia. Esta ciudad continental está dividida en seis grupos de barrios muy delimitados: el Centro, zona elevada sobre la que se levantan los grandes rascacielos como flechas tratando de atravesar la bóveda celeste; bajo estos se extiende el complejo entramado de los suburbios subterraneos, que alternan intrincadas callejuelas con grandes espacios abiertos sobre los cuales la impenetrable oscuridad es la única barrera que los separa de la superficie. Un gran número de soportes evita que todo se hunda sobre los pobres desgraciados incapaces de pagarse una casa en la superficie ni en los barrios periféricos de la ciudad, en los cuales podemos distinguir la antigua ciudad al norte, los arrabales del este, la zona comercial en el sur y el centro comercial (un amasijo de comercios propiedad de las grandes corporaciones asentadas en el centro, resultado del boom económico acontecido tras la abolición de la magia) al oeste.

En los fríos y oscuros suburbios subterráneos existe un pequeño antro llamado el Abrevadero. Un local iluminado por una luz tenue. Un muchacho de cabellos grisáceos y rasgos delicados entra; como dicta la norma en este tipo de locales, deja su pequeña espada al cuidado de la armera. Mientras atraviesa la estancia se fija en un tipo de apariencia joven en la barra; por su aspecto, no debía de tener dos años más que él.

Por su aspecto.

El muchacho se sienta en una esquina y pide un gin tonic sin dejar de mirar a aquel tipo. Otro individuo de cabello negro y aspecto chulesco se encontraba en el lado opuesto a él, sentado en un sofá junto con una chica que jugueteaba con su flequillo. Él, haciendo caso omiso de ella, charlaba distraídamente con un hombre barbudo de avanzada edad y mirada ambarina. “Otro agente, tan inútil como los demás”, pensó el muchacho. Devolvió su mirada al tipo de la barra y lo sorprendió mirándole. El tipo se apresuró a desviar la mirada, pero el muchacho había descubierto lo que quería: era él. Despues de que le sirvieran una copa de ginebra con tónica, se acercó a la barra y se sentó a su lado.

-Whisky, ¿eh?-comentó el muchacho, como quien no quiere la cosa- ¿que hace un chico de tu edad bebiendo algo tan fuerte?
-¿Que hace un chaval de tu edad juzgando mi tolerancia al whisky?-preguntó él, de mala gana.
-Tengo más edad de la que aparento, chico- “mucha más”, añadió para sí. Algo que resultaba difícil de creer, pues además de sus rasgos juveniles, el muchacho era básicamente bajito; entre eso y sus tez delicada, no aparentaba más de veinte años, siendo generoso-. Y bastante experiencia con borrachos. Pero tú eso ya lo sabes, ¿no, número cinco?
-¿Qué me acabas de llamar?- preguntó el otro, sorprendiéndose.
-Número cinco. Tú y yo sabemos a qué me refiero- dejó caer el muchacho, alzando la mano de su interlocutor y observando el cinco tatuado en su palma.
-¡Suéltame!- se espantó aquel tipo; ya fuera fuera por efecto del alcohol o de lo extraño en la actitud del muchacho (o tal vez ambas cosas), no pudo disimular una extraña curiosidad mezclada con un sano temor-. ¿Qué sabes tú de mi que yo no sepa?- preguntó, un poco más relajado.
-Todo lo que necesitas saber; o al menos está en mi mano saberlo. Nos conocimos hace ya tiempo, pero tú de eso ya no te acordarás. ¿Cinco años ya? ¡Vaya, hay que ver como pasa el tiempo!- comentó dandole un pequeño golpe en el hombro-. No has cambiado casi nada desde aquel día. Pero tú de eso ya no te acordarás.
-Hum... me temo que no me suenas de nada- reflexionó el tipo, tocándose una pequeña perilla nacida de puro descuido.
-Tu nombre es Matoya. Naciste en las Tierras Grises, a saber hace cuantos años. Pasaste algún tiempo trabajando para un hombre llamado Angelo y su organización, básicamente un montón de fánáticos con un objetivo que aún a día de hoy desconozco, a la cabeza de los cuales estaba el propio Angelo y doce conej...

Algo en la mente de Matoya había reaccionado al oir su propio nombre y el de Angelo. En su mente empezaban a formarse imágenes confusas como las de alguien que intenta recordar un sueño absurdo y sin sentido. Y, de pronto, una chispa de ira irracional se encendió dentro de él. Extendió el brazo y una de sus hojas, Sombra, con su empuñadura de obsidiana, voló desde la armería hasta su mano, la cual, con un hábil movimiento, se precipitó hacia el cuello de su interlocutor sin intención de erirle, pero este ya había reaccionado y una hoja de hielo salida de ninguna parte se materializó en su mano deteniendo el borron oscuro que había sido Sombra.

-¿¡Quien puñetas eres!?- aquella chispa irracional había brotado en Matoya haciéndole perder totalmente la compostura; una conducta impropia en él.
-Oh, vamos, no hay necesidad de gritar- comentó el muchacho, frunciendo ligeramente el entrecejo, y sonrió- Pero veamos, si tu eres el número cinco... puedes llamarme cero.

Ambos se apartaron y entrechocaron sus hojas, sin tener ninguno la posibilidad de tocar al otro y a una velocidad sobrehumana. Al menos hasta que el tipo de aspecto chulesco se levantó y materializó una barrera de repulsión entre ellos.

-Ha sido divertido, chicos -soltó con un tono tan chulo como sugería su aspecto-, pero francamente, si ya tengo pocos clientes en mi bar, no me interesa que se maten entre ellos. Conque aire.

El que se había presentado como cero y Matoya intercambiaron una mirada y sonrieron de lado. Ambos pagaron, la armera les entregó sus espadas (Matoya recuperó la espada gemela de Sombra, Llama y ¿cero?su extraño ninjaken sin guardia, que envainado asemejaba tal cual un bastón adornado con extraños motivos). Acto seguido, se marcharon del local sin mediar palabra hasta que se hubieron alejado unos metros.

-Vale, ¿sabes que ese tipo lo que menos podría haber lamentado esta noche es una pequeña gresca entre clientes, no?-comentó Matoya riéndose.
-Vaya, aun con ese arrebato que te dió ahí dentro, fuiste observador. Eres un tipo perspicaz.
-¿Observador? Nadie que desconozca la magia sabe materializar una hoja de aire sólido en la mano, más aún sin congelarse los dedos.
-Bah, me sé trucos mejores-comentó el muchacho
-Yo solo sé manipular objetos sin tocarlos, y ni siquiera recuerdo quien me enseñó a hacerlo...
-Usar cualquier habilidad de este tipo en la superficie nos convertiría en fugitivos, lo sabes, ¿no?
-Si no lo supiera -se resignó Matoya- no frecuentaría estos antros oscuros y deprimentes donde la gente ha olvidado hasta el color del cielo. Pero dime, ¿de qué me conoces?
-Todo a su tiempo. Si te interesa tu propia historia, ven conmigo. Es posible que aprendas algo. Y de paso, que tomes un poco el aire, este lugar está viciado...
-Ni siquiera sé tu nombre...
-Mi nombre no te dirá nada, al menos de momento. Pero si te interesa, me llamo Garland. Garland a secas.

El Maestro de Mentiras

lunes, 27 de junio de 2011

El imperio de los dioses. Hechiceros creadores, destructores, una tierra de magia y maravillas allende la imaginación. Y, bajo sus vastos dominios, el Rey de los Dioses, el eterno emperador, vigila. Sobre su trono tallado en piedra, todo lo ve, sin ver. Su armadura, vacía. No tiene rostro. De su máscara de pesadilla emergen dos cuernos, marca de poder. No un poder sin mácula. Una mezcla de magias corruptas y divinas conforman lo que en otro tiempo fue su cuerpo, el cual ya ha olvidado. Su alma permanece en la que en otro tiempo fué su armadura de guerra. Pero hoy, las guerras mortales ya no le interesan. Una capa negra cuelga del trono. Sus dos grandes manos sujetan sus brazos, en un gesto de orgulloso desinterés. Algo brilla en los ojos de la máscara, un resplandor que nunca tiene el mismo color. Un resplandor que delata su ánimo, un vestigio de su humanidad perdida. Pocos conocen su existencia. Los “reyes” que ocupan el trono en la superficie desearían no conocerla. Pues hasta la fecha, no ha existido ningún humano con confianza suficiente como para contradecir a Arcanis.

Nadie ha hablado de dragones.

miércoles, 11 de mayo de 2011

La ventisca arreciaba. El cazador avanzaba con dificultad por el hielo y la nieve tapándose la cara con un brazo; a pesar del frío, llevaba ambos brazos descubiertos y el izquierdo lucía un ostentoso brazalete dorado que le llegaba hasta los nudillos. Su andrajoso abrigo y su melena desgreñada bailaba al son de la montaña mientras sus dos aceros se entrechocaban. De repente, su pie tropezó con algo que no parecía una roca. Su mirada se encontró con un joven desharapado tendido en la nieve. Sorprendido, el cazador sacó una capa de su fardo y envolvió al muchacho en ella, echándoselo al hombro con su brazo dorado. Como si nada hubiera pasado, continuó su penosa marcha a través de la nieve.

El vencido despertó sobre un lecho de piedra, rodeado de oscuridad. Una voz grave le despertó.

-Antes de nada, chico-preguntó el cazador-, ¿quien eres y que hacías tirado en el monte Cocito en mitad de una ventisca?
-No lo... no lo sé... ¿donde estoy? ¿quien soy? ¿Quien eres tu?
-No tengo ni idea de quien eres, pero seguimos en el Cocito, esperando a que la ventisca amaine en esta gruta; en cuanto a mí, mi nombre es Abadón. Cazo demonios.
-¿Demonios?-se extrañó el vencido, si ser capaz de meterse en situación.
-Es evidente que no sabes ni en qué planeta estás. ¿No recuerdas tu nombre siquiera?
-No... no soy capaz de verte la cara.
-No he podido encontrar madera en esta ventisca, habrá que esperar en la penumbra.
-Creo... creo que puedo...- el muchacho palpó el suelo hasta encontrar un guijarro.

Aplicando una extraña fuerza que no sabía muy bien de donde salía, el guijarro estalló en llamas y rodó hacia el centro de la estancia. Tanto Abadón como el vencido se sorprendieron del portento. Sin embargo, lejos de asustarse como su compañero, Abadón sonrió.

-Creo que llamaré Lux Fero.
-¿Lux Fero?-inquirió el vencido- ¿Qué significa?
-"Portador de luz"-comentó Abadón-, en una antigua lengua que ya a nadie le importa.

Entrevista con el Maestro

miércoles, 26 de enero de 2011

-Sí, era una auténtica maravilla- respondió el maestro Pontos-. El mejor alumno que he tenido desde que fui nombrado Alto Mando del ejército. A pesar de su nula capacidad para la magia, ningún otro alumno de la academia militar fue capaz de vencerle jamás-comentaba con admiración-. ¡Que hábil, que ágil, que contundencia en sus embates! Incluso acabó por superarme a mí. Claro que no soy el que era, pero por aquel entonces aún conservaba algo del poder que me hizo ganarme este puesto en mi juventud.
-¿En qué circunstancias desapareció?- inquirió el joven agente, curioso.
-Un hombre de su capacidad debía de ser tenido en cuenta para misiones de alto rango. A él se le fue encomendada la tarea de destruir al principal enemigo del reino, el responsable del nuevo Orden Dragoniano, Tiamat, el Rey Dragón. Aun en época de paz, su presencia resultaba irritante para el Gran Juez y sus planes de expansión. Sin embargo, lo último que se sabe acerca de él en aquella misión es que atravesó las fronteras. El resto es un misterio incluso para los dragones del Orden, pues según he oído, pasó completamente desapercibido ya en sus territorios.
-Ya veo… ¿Tiene idea de cual puede ser su paradero en estos momentos?
-Hum…-el general maestro meditó unos instantes- Nunca llegué a conocerle tanto como para adivinar que se rebelaría contra el Reino de esta manera. Todo lo que hacía parecía ir enfocado a que su madre se sintiera orgullosa de él. No lo consiguió.
-¿Y que hay de su padre?
-Nada en absoluto. Su madre nunca le habló de él. De hecho, prácticamente no hablaban nunca. Ella siempre estuvo ocupada con su trabajo. Supongo que por eso en cuanto salió del orfanato lo metió en la academia militar.
-¿Por qué-inquirió el agente-, si no quería saber nada de su hijo, dio a luz?
-Me temo que eso solo lo sabe ella, muchacho. Yo cumplí mi cometido entrenándole, y desde luego, lo hice bien. Tal vez demasiado bien. Hubiera estado orgulloso en otro tiempo, pero con todo lo que ha sucedido, tengo la sensación de haber creado un monstruo.
-…
-¿Le ocurre algo, amigo?
-Nada- el agente agitó la cabeza- Pensaba en mis cosas-cerró el pergamino con sus notas, se lo metió en su túnica junto con la pluma y se levantó-. Muchas gracias por el té, señor Pontos.
-Lamento no haberle sido de gran utilidad, amigo- comentó Pontos, levantándose a su vez y estrechándole la mano al agente.
-Al contrario, Maestro, me ha sido usted de gran utilidad.
-Por cierto, ya sé que los agentes deben mantener su identidad en secreto, pero está usted hablado con un alto mando del ejército. Creo que podría usted confiarme su identidad para posibles futuras reuniones, ¿no es cierto? Después de todo, he pasado diez años de mi vida entrenando a Nero. Mis conocimientos sobre su técnica podrían resultar de utilidad para la investigación.
-No sobreestime su papel, señor Pontos-contestó el agente con cierto desdén-. Después de todo, ni usted ni nadie podía haber predicho su traición. Pero de todos modos, puede llamarme Nógard. Para posibles reuniones en el futuro- Nógard le guiñó un ojo a Pontos, quien quedó estupefacto ante tanta insolencia, y salió de la estancia con paso decidido.

Iudices Potenti, Iustitia Potentes

miércoles, 29 de diciembre de 2010

-En defensa de sí mismo, Nero Garland Ibenholt, acusado- sentenció la juez.
-Ya ves...-contestó este.
-En la ofensa, Lundaniam, afectado directo.

Un murmullo de desaprobación recorrió la sala cuando la jueza señaló con un gesto de la mano a un viejo y tullido dragón que observaba la escena desde una esquina. Aun a pesar de su mal estado, seguía resultando imponente con sus tres metros de altura, y su presencia en un juicio humano, inaudita. Lundaniam inclinó la cabeza educada y respetuosamente.

- Nero Garland Ibenholt, ¿Jura, a partir de este momento, hablar en virtud de la verdad, ante la justicia, ante el Código y ante Dios?
-Que sí, que sí, ¿podemos ir al grano?
-¿Es usted Nero Garland Ibenholt, hijo de Hvid Ibenholt?
-Y de Grigio Garland, madre, como bien sabes-respondió Garland, insolente.

Una nueva oleada de murmullos recorrió la fila de los magistrados, esta vez más altos. En el centro del hemiciclo se encontraba Garland, de pie y envuelto en cadenas, sellado por un círculo de magia arcana preparado por la misma juez. La primera En la primera fila de las gradas se encontraban, buceando entre papeles, el jurado conformado por cinco Magistrados. A partir de ahí las gradas estaban vacías, exceptuando un par de periodistas y los clásicos cinco guardias encapuchados con sus correspondientes guadañas. Su presencia nunca resultaba necesaria, pero en esta ocasión se encontraban inquietos. La juez Ibenholt se encontraba sentada en el estrado, mientras la luz de la vidriera de su espalda re arrebataba destellos de plata a su canoso cabello. Aquella vidriera rezaba en arcano “Terra Dominos: Iudices Potenti, Iustitia Potentes”, o lo que es lo mismo,“Amos de Terra: Poderosos jueces, poderosa justicia”

-¡Silencio en la sala! Cíñase a las preguntas, por favor-lo recriminó la juez, fulminándolo con la mirada.
-Sí...”señoría”-añadió Garland con un intencionado tono despectivo al pronunciar el título.

La jueza suspiró exasperada, pero manteniendo el control.

-Y usted, Lundaniam, ¿Jura desde este instante hablar en virtud de la verdad ante la justicia y... ejem...?
-No se preocupe, señoría-por primera vez, Lundaniam habló con voz grave y profunda, que resultaba extrañamente cálida-. Aunque los de mi especie no compartamos la fe en que profesais en vuestro Código, puedo seguir jurando por cuanto es sagrado para mí.
-En ese caso, ¿lo hareis así?-abrevió la juez.
-Lo juro.

Toda la sala se encontraba en silencio, tensa, a excepción de Lundaniam y el propio Garland. El nerviosismo no entraba dentro de la naturaleza de un dragón, y en cuanto a Garland, parecía que el hecho de que estuviera a punto de ser condenado a muerte por su propia madre no le resultaba en absoluto llamativo ni interesante, pero su rostro reflejaba una pícara sonrisa.

De este modo comenzó el juicio, con Lundaniam relatando los hechos.

-Yo, Lundaniam el Guardián, fui un habitante del Cinturón. Toda una vida dedicada a la meditación en la Sierra Hueca, cerca de la frontera. Allí tanto Dragones como Humanos vivíamos en paz, un remanso de consenso en un mundo como el de hoy en día. La gran ciudad de Omnia concentraba todo este espíritu. Como muestra de nuestra buena fe ante vuestra especie, dedicamos las cuevas de aquellas montañas a la cría de las nuevas generaciones de Dragones, que crecerían entre los vuestros Aquella ciudad fue, desde hace quinientos años, un templo del saber, en el que Humanos y Dragones compartíamos nuestro conocimiento sobre la magia y el mundo. ¡Hasta que este individuo arrasó, el mes pasado, todo aquello junto con cientos de kilómetros cuadrados de superficie, usando artes prohibidas incluso para dragones milenarios como yo y quebrando la paz entre nuestras especies, la más duradera desde hace siglos, una paz frágil como la más frágil de las porcelanas!
-¿Que necesidad hay de gritar?-interrumpió Garland, de nuevo.
-Señor Garland, no tiene usted la palabra-lo recriminó la juez.
-Sí madr... “señoría”.

Lundaniam retomó su perorata.

-Señoría, como máximo guardián representante de mi especie en la ciudad de Omnia, y por tanto, guardián de la paz entre nuestras especies, puedo decir que este atentado transgrede por completo el Tratado, vulnerando no solo la confianza de nuestra especie, si no también hiriendo el honor de la vuestra y desatando sobre nuestro pueblo el terrible fuego de la guerra que...
-No estamos hablando-lo interrumpió uno de los hasta entonces silenciosos magistrados de la primera fila- de las consecuencias de este desgraciado suceso, que aunque todos lo condenamos, ha puesto las cartas sobre la mesa en lo que respecta a nuestros pueblos, ofensor -Garland sonrió sin volver la cabeza hacia el magistrado-. Intentamos acordar una pena acorde a la magnitud del genocidio perpetrado por este deshecho de hombre-miró con desprecio a Garland con sus enormes ojos grises haciendo un amago de escupir, pero se contuvo-, independientemente de la raza a la que pertenezca usted. Su presencia aquí solo es necesaria como ofensor imparcial al ser único testigo superviviente, conque ahórrenos el sermón sobre una guerra que ya es tarde para detener.
-Primero, magistrado Damien -intervino la juez Ibenholt-, su desprecio hacia los acusados ya ha quedado más que patente en todos los juicios en los que ha intervenido, pero gracias por recordárnoslo una vez más. Por otro lado, también creo que todos los presentes, incluido el señor Lundaniam, conocen su papel en esta sala, así que puede dejar de hacer intervenciones innecesarias y limitarse a votar cuando se le exija.
-Sí, señoría, lamento mi insolencia-se disculpó Damien agachando la cabeza como un perro humillado.
-Continúe, Lundaniam.

Lundaniam echó una mirada dura al magistrado, pero continuó sin alterarse.

-No es solo el hecho de haber acabado con miles de vidas lo que han de tener en cuenta sus señorías, pues serán muchas más las vidas segadas en esta guerra, consecuencia de semejante atrocidad. Pido por ello la máxima pena posible que contemplen sus leyes-la juez pareció estremecerse, pero en seguida reprimió el impulso-, pues ni entre los antiguos como nosotros se ha visto jamás crimen de tal envergadura.
-Pido la palabra- bramó una magistrada de cabello recogido sentada al lado opuesto que Damien.
-Se le concede, magistrada Salma-respondió la juez.
-Gracias. Compañeros del jurado, señoría, señor Lundaniam, coincidirán conmigo en que este no es un caso que resolver con la simple ejecución del acusado. Su misterioso poder resulta demasiado interesante como para privar a nuestros más sabios hechiceros de su investigación-razonó Salma, por un momento cruzando una mirada cómplice con la juez- Desaprovechar oportunidades como esta podría representar destruir la llave de la puerta a una nueva era. Es por ello por lo que considero menester hacer prisionero al acusado y enviarlo a las estancias de máxima seguridad de la Torre de Hielo, donde los mejores teóricos de la magia harán un estudio completo de su arte y poder.
-¿Y te harías tú responsable de lo que pasaría si el prisionero escapase de la fortaleza?- se burló un magistrado achaparrado al lado de Damien.
-Yo me haré responsable- lo cortó la juez Ibenholt. La sala entera, incluídos Garland y Lundaniam la miró sorprendida- Yo me ocuparé de todo lo concerniente a seguridad, después de todo, es mi sello el que le mantiene retenido en estos momentos. Como Juez Superior del reino, poseo suficiente poder para retener al prisionero el tiempo necesario. Y si resulta no ser tan útil como la magistrada salma ha aventurado... yo misma me ocuparé de su ejecución- y, por primera vez en muchos años, la juez dio señales de reconocer a su único descendiente- Después de todo, se trata de... mi hijo.

La sala quedó en silencio. Todos miraban incrédulos a la fría juez Ibenholt, que jamás había parpadeado al ejecutar prisioneros, la poderosa juez Ibenholt, uno de los pilares de la justicia del reino que había escalado puestos gracias a su enorme capacidad tanto para la imparcialidad como para la magia. La misma juez que había limpiado todo el territorio oeste con métodos de lo más chocantes y expeditivos, con un expediente impoluto... concediendo un indulto al criminal más grande jamás juzgado. El silencio se vio repentinamente roto por las sonoras carcajadas de Garland, que se desternillaba en su envoltorio de cadenas, inmóvil.

-No puedo creer que realmente penséis que podéis retenerme en un simple cubito de hielo mientras ojeáis con lupa algo que nunca podréis llegar a comprender y esperar que me quede sentado como si nada.
-¿Acaso crees que puedes aniquilar mi sello como si nada hubiera pasado?- se ofendió la juez mirando duramente a su hijo- He vivido demasiados años viendo ese sello intacto como para creer que hoy en día un cachorro mal criado como tú será capaz de destruirlo. Podría hacerte desaparecer, muchacho, solo con un movimiento de mi mano.
-Lo dudo.
-¡Insolente!- bramó la juez alzando la mano contra su hijo, envolviéndolo en una espiral de truenos danzantes que le recorrieron los musculos y los huesos, produciéndole un agudo dolor. Pero a pesar de aquel intenso dolor punzante, Garland no emitió ni un sonido, aunque sí contrajo una mueca de dolor.
-Me toca -respondió sonriendo maliciosamente.

Las cadenas estallaron y los eslabones volaron por doquier, un algunos de ellos dejando inconscientes a varios magistrados mientras Lundaniam contemplaba la escena inmóvil y sin mover un dedo. El sello pintado en el suelo que contenía el poder de Garland y lo encerraba dentro de aquel círculo se volatilizó. Los cinco guardias se echaron sobre él, pero cuando hubieron llegado Garland había materializado una hoja irregular de lo que parecía hielo en su mano y le había cortado la cabeza a su madre, que no había tenido tiempo ni de reaccionar. Con la mano que tenía libre dejó inconscientes a dos guardias y mató a los otros tres sin demasiado esfuerzo, agarró la cabeza de su madre y la arrojó sobre la mesa de los magistrados, que habían observado la escena horrorizados. Garland clavó en ellos su mirada de rubí que atravesaba la fina cortina de cabello gris que le caía sobre la cara.

-¿Ahora comprendeis? Nada de lo que hagais puede limitarme. Ahora, vuestra magia y mi poder se encuentran en realidades distintas.

Entonces dos enormes y esbeltas alas negras emergieron de su espalda destrozando aquella camisa de prisionero que hasta aquel día había inhibido cualquier capacidad mágica de su portador. Les dedicó una última sonrisa a los aterrados magistrados y salió volando, haciendo añicos la vidriera.

Origen

sábado, 11 de diciembre de 2010

Imagina. Una sucesión infinita de infinitas formas dispares y completamente aleatorias. La máxima expresión del azar. Formas, colores, pensamientos, existencias más allá de la comprensión… todo entremezclado en una infinidad de sucesos al azar. Así era el caos. Una masa caótica en constante cambio, el todo en potencia.

Pero una sucesión infinita de todo lo posible acaba desembocando en un punto en el que la sucesión se detiene. De este modo, un día el caos adquirió la esencia de un ser vivo, de la vida.Una unidad solitaria, absoluta, pues era la única existencia, que se mantuvo inmóvil gracias al instinto básico del que se dota a cualquier forma de vida, la autoconservación. Sin embargo, seguía siendo una sucesión, ahora solo de formas de vida. Cada una superior, más capaz, que con el paso de las formas iba adquiriendo mas noción de si misma. Hasta que un día surgió una nueva capacidad, la imaginación.

El caos tenía acceso a toda creación tan solo con acceder a ella a través de aquel misterioso mecanismo que se encontraba en algun punto de su ser. Sin embargo, una existencia como la del caos no podría jamás proyectar visiones ni ideas comprensibles, ya que, aunque absolutamente sabia y poderosa, no podía subrayarse de “cuerda”, en el sentido humano de la palabra. Así surgieron ideas enfermizas producto de una creatividad que, aunque ilimitada, no podía ser dominada jamás por una mente como aquella. Estas ideas, que eran proyectadas por el propio caos en su infinita capacidad, también eran automáticamente destruidas por el mismo, ya que la existencia estaba limitada al mismo caos, con lo que el hecho de compartirla era impensable. Sin embargo esto quedo solucionado cuando una idea solo imaginable en la mente más desequilibrada surgió de el Caos; una de las que se convertirían en las esencias principales del universo: el espacio.

Ahora el caos flotaba en una inmensidad de nada. Allí se iban proyectando las ideas absurdas y dementes del Caos, ideas que existían pero que no cambiaban ni evolucionaban, ideas carentes de dinamismo ni cambio. Y asi fue hasta que el caos proyectó otra idea en el universo: el tiempo, la segunda esencia que determinaría el desarrollo de las futuras ideas. Ideas que el caos destruía a medida que eran proyectadas. Sin embargo, a medida que este pasaba, más se asustaba Caos de sus propias ideas, de su propia imaginación, de su mente enferma… De este modo, y con gran esfuerzo, se arrancó parte de su imaginación buscando algún tipo de alivio, y mutilando para siempre su mente. Esta se dio a si misma una forma grande y de gran majestad, una forma completamente distinta a él, que mantuviese sin embargo una esencia que compartir con él, la vida. Así nació el Dragón, Tiamat. La creatividad encarnada en un ser sabio como el caos, sin el lastre del demente.

El caos a pesar de todo, no encontró alivio al deshacerse de parte de sí mismo, así que, desesperado, le pidió ayuda a aquel nuevo ser. Este, al ver al caos, se compadeció y decidió ayudarle, ya que para él, era como el padre que le había dado vida. Con ayuda de Tiamat, Caos retiró de sí mismo la otra mitad de su creatividad. A esta Tiamat le dio la forma de una puerta, que estuviese siempre cerrada y de la cual saliesen las ideas por los resquicios, de forma ordenada. Las ideas empezaron a acumularse en torno a la puerta, hasta conformar un discurso como el de un río.

Sin embargo muchas ideas eran incapaces de convivir sin negarse unas a otras, con lo que Tiamat dividió el universo en dos planos en los que uno contuviese las ideas contrarias a las del otro. De este modo surgieron los dos planos principales: el plano del Origen y el plano de Arcadia. El plano del Origen era en el que estaba contenida la puerta y era en el que descansarían las ideas mas problemáticas, mientras que en el plano de Arcadia reposarían sus ideas contrarias. Tiamat unió estos dos planos por un túnel de una sola dirección, de modo que las ideas que salían del Origen jamás podrían volver a él. Creó un castillo a la salida de Origen desde el cual poder observar las ideas que escapaban de él y en el que poder vivir con Caos, el artífice de todo aquello.

Pero el Caos, ahora privado de toda capacidad de creación, solo conservaba la capacidad de destruir con su enorme poder. Así empezó a destruir el plano del origen por alguna razón que él mismo no comprendía. Tiamat apareció para apaciguarle, y creyó haberlo conseguido. Al menos hasta el momento en que reivindicó aquel universo como suyo, ya que había sido quien había traído estabilidad a la misma existencia, olvidando su antiguo deber para con su creador. El caos al escuchar esto montó en cólera y empezó a destruir el castillo sobre el que se asentaba la puerta con intención de llegar hasta ella, destruirla y dejar escapar lo que quisiera que se encontrase en su interior. Tiamat, horrorizado, intentó detenerle y defendió la puerta con sólidas barreras indestructibles. El hecho de que el caos tuviera la capacidad de la destrucción absoluta y las barreras fuesen indestructibles creó una contradicción que afectó a todo el plano del Origen, el cual quedó maculado.

Caos escapó entonces al plano de Arcadia con intención de destruir al menos aquel segundo universo, y fue seguido por Tiamat. Este lo encontró cuando ya había destruido muchas de las ideas que le otorgaban belleza aquel plano, incluida la luz, que destruyó en infinitos fragmentos que salpicaron toda la inmensidad. Tiamat montó en cólera, pero no podía hacer nada. El solo era un creador, no podía evitar que el caos destruyera sin que hubiese desastrosos resultados, como demostraba la experiencia de Origen. Entonces se le ocurrió hacer doce copias de si mismo, con sus mismas capacidades, pero con la capacidad de destruir. Mandó a sus dragones a por Caos, y lucharon en una titánica batalla en la que Tiamat les daba apoyo con sus creaciones. Siete de los dragones murieron. Los otros cinco llevaban las de perder cuando Tiamat tuvo una idea que evitaría mas destrucción. Mandó a sus dragones inmovilizar al caos por unos segundos, que Tiamat aprovechó para inducir en su mente enferma y destructiva la idea del sueño. Esta idea se materializó de modo que el caos quedó en un estado de narcosis permanente.

Aun con el Caos dormido, Tiamat tenía miedo. Así pues, con ayuda de los dragones, encerró al Caos en el núcleo de un enorme bloque de piedra que orbitaría en torno al fragmento de Luz mas cercano al que bautizó como Sol. Dotó la superficie de aquel bloque esférico de una naturaleza similar a la del antiguo plano de Origen, ahora un montón de ruinas incoherentes, para que los cinco dragones lo poblasen y lo custodiasen en su ausencia. Los dragones bautizaron el bloque como Terra. Tiamat marchó a los confines de Terra, donde el frío y la desolación lo dominan todo, a los paramos de la Tundra, muy lejos, en el sur. Allí, cansado, se dejó encerrar en un bloque de hielo del que no saldría hasta muchos, muchos eones después.

Santuario

viernes, 10 de diciembre de 2010

En realidad quien cuidaba la hierba y el árbol no era otro que el viejo Locke, un reservado anciano que había elegido, por sabe el Dragón qué desafortunado motivo, exiliarse allí, en los confines de las Tierras Prohibidas, mas allá del precinto de seguridad. Matoya era la única compañía de la que había gozado aquel hombre, ahora anciano, los últimos cuarenta años. Y aunque se trataban como viejos amigos, el viejo Locke mantenía la suficiente distancia con Matoya como para revelarle el motivo de su presencia allí, así como paralelamente su mente no dejaba de hacerse preguntas que le hubiera gustado formular. Principalmente, el por qué de que, en el transcurso de cuarenta años, él se había vuelto un viejo débil, calvo y arrugado, cuando Matoya el único cambio que había experimentado había sido el progresivo blanquecimiento de su pelo. Un blanquecimiento que no resultaba puro, como el de las canas que él había tenido la desgracia de perder, sino sucio, grisáceo. Él había ido presenciando su progreso con el paso de los años, aunque solo en las aisladas e inesperadas visitas de aquel misterioso y atemporal muchacho que había conocido el día en que un simple paso adelante tendría que haber sellado su destino. Por qué aquel lugar, es algo que solo el viejo, viejo Locke conoce. Matoya se limitó, a agarrarle con inesperada fuerza por un brazo y a arrojarlo contra la descuidada hierba que rodeaba aquel manzano. Una mirada furibunda, extrañamente triste, de aquel muchacho y Locke desistió. Como si un profesor le hubiera reprendido por una gamberrada, Locke decidió guardar penitencia por intentar atentar contra su propia vida. Y al ver al muchacho sentarse bajo aquel manzano y agarrar una manzana estirando el brazo concluyó que aquel lugar era importante. De ese modo empezó a cuidar el lugar donde debería de haber muerto como su propia tumba. Un lugar especial para ambos personajes, por razones mucho mas cercanas de lo que Locke creía y menos similares de lo que el lector pudiera pensar. Un lugar vedado en el fin del mundo. Un lugar al que regresar suspirando dos silabas tranquilizadoras. Un lugar al que llamar “hogar”.




Locke y Matoya se comportaban como viejos amigos. Bebian y comian juntos siempre que el segundo estaba presente. Hablaban sobre el mundo, los valores y la vida, aunque Matoya nunca mencionaba detalles sobre el día en que se conocieron en su pequeño santuario al borde del acantilado del mismo modo que Locke no preguntaba por la sospechosa longevidad de su colega. Sin embargo, en sus ausencias, Locke cuidaba de aquel santuario que había llegado a considerar tan suyo como Matoya. Este, por su parte tenia demasiadas cosas en las que pensar como para llevar una vida tan tranquila como Locke. Sin embargo, cuando volvía a pasar unos días después de uno de sus viajes (que nunca se prolongaban menos de cuatro años, llegando a la alarmante cifra de diez) siempre llevaba en su maltratado petate algún recuerdo absurdo para Locke, no un souvenir, sino más bien restos de su paso por el mundo, como una hoja mellada o una fragmento de alguna baldosa procedente de algún templo lejano. Mas de una vez Matoya intento hacer desistir a Locke de aquella vida tan sumida en la monotonía de la tranquilidad, aunque realmente Matoya lo envidiaba como nadie. Pues Matoya lo unico que buscaba era algo sobre su propia identidad mas allá de un nombre o un numero, unos recuerdos. Recuerdos de su vida, su infancia, sus padres, todo… y no solo un nombre y un cinco en la palma de la mano. Pero sobre todo, quería hallar las respuestas a su extraña y aparente longevidad y sobre todo, a por qué aquel lugar, tan alejado del mundo, de la civilización, aquel lugar en los confines de unas tierras abandonadas por todos y tachadas de prohibidas hace tantos años, era tan sumamente importante. Tanto como para no respirar con calma hasta volver allí y comerse una manzana mientras el sol se hunde en su propio resplandor.

Locke estaba muerto.

Se sentó en la base del tronco. Aquella sombra por alguna razón le despejaba la mente y sus sentidos, ahora embotados en un remolino de confusión. Arrojó el arma a un lado, como si no le importara rayar la funda. Efectivamente, no le importaba lo más mínimo. Alzo la vista al panorama que seducía a sus ojos. Magnifico. Allí, sobre los acantilados, la vista era perfecta. Aquel prado de tupida hierba, aquel viejo manzano sobre el que se apoyaba, la vista del sol hundiéndose en un resplandor rojizo que teñía el horizonte, las nubes de la reciente lluvia… Una lágrima rodó por la mejilla de Matoya. Es posible que otras personas no lo percibieran como él; sin embargo él y Locke habían hecho de aquel pequeño terreno su pedazo de cielo personal. Ahora, un pedazo un poco más pequeño.



Aquella noche el pasado volvió.

viernes, 8 de enero de 2010

El mundo está bien jodido. Qué vas a hacer entonces, sino dejar que la corriente te lleve como a esos pobres soldaditos de plomo que acaban enterrados en el lecho. Es certero, cómodo y estúpido, y si es que hay algo que te importe, es tu única opción. Pero francamente, me suda la polla la libertad. Me suda la polla el sufrimiento del prójimo. Me suda la polla la crisis. Me suda la polla el paro. Me sudan la polla los atentados. Me suda la polla el petróleo. Me suda la polla todo lo que salga en los periódicos. Me suda la polla porque me repiten lo mismo todos los putos días, recordándome lo mal que está el mundo y dándome razones para que me quede en casa tranquilito. Y joder, soy como tú. No finjas que te importa, puedes ver una docena de cadáveres destripados en televisión y seguir cenando sin que siquiera te de asco. ¿Te acuerdas cuando eras pequeño/a y te decían que eran muñecos? ¿Que eso que les brotaba del cuello era kétchup? Pues los informativos son otra peli gore más. Y me jode tanto como a vosotros que me sude la polla, pero para qué negar lo evidente. Así me ha moldeado el mundo.Y joder, soy malvado. Soy un puto monstruo malvado. Y el mundo no deja de joderme. Y ya estoy harto. No voy a ser otro soldado de plomo en el lecho del río. Me voy a follar al mundo. Con todos vosotros dentro.

Reflexiones de cama

miércoles, 7 de octubre de 2009

En una realidad alternativa entre la reminiscencia y el caos las palabras se tornaron entropía a ojos de un dios que no contemplaba su propia mirada en un furioso manto de tranquilidad, observando como aquellas máquinas de secuencias eternas devoraban todo cuanto quedaba de él, eliminando así el mismo ser que se supone les había proporcionado el don de la existencia.

Y, bien pensado, aquella divinidad debió de ser poca cosa para acabar consumida por simples costumbristas de negro despertador. Aduladores de la rutina manejados por amargas sensaciones de despertar continuo y fugaz, una realidad solo imaginable en la mente de un sanjacobo valeroso, pues será ese jóven paladín relleno de jamón y queso que nos llevará a la victoria sobre la medida acertada, si bien no pocos han perecido a manos de una sartén que fríe congelados indiscriminadamente. Aunque una teja verde que entretenga a la sartén el tiempo suficiente como para permitirnos huir de este cruel régimen de continuas derrotas que al mundo gatuno le resultan tan poco gratas. Y es que, si me corto el pelo, no seré yo quien recoja los pensamientos que se me caigan y rompan, será ese sucio y apestoso trapo que solo un gato de pura raza tiene el poder de manejar. Como dijo un hombre muy sabio hace mucho tiempo, “No hay nada más poderoso que un estropajo en manos de un hombre libre”.


Lo único capaz de liberar a la humanidad de esta leve pero continua decadencia es un hombre libre y un estropajo. Al menos estropajos nos sobran.

domingo, 3 de mayo de 2009

Sabed que una vida que se dirige cara a un destino predecible, eso no se puede considerar vida. ¿Es acaso por nuestra parte injusto pretender ignorar las artimañas de semejante realidad? No,nuestra intención no es huir. Nuestra intención es cuestionar. Queremos vivir lejos de las ataduras impuestas por un modo de encarar la realidad que nos limita y encarcela dentro de nuestros propios límites. Queremos volar. Queremos soñar y no despertar.


Queremos agarrarnos al cielo.

Que asco de noche...

lunes, 27 de abril de 2009

Las sirenas suenan en la calle y yo estoy compartiendo cama con un cadáver. Joder, las chicas me han contado todo tipo de historias extrañas,pero nunca una como esta. Este tío no era más que otro jodido perdedor, como todos los que llegan al club buscando compañía lejos de la mirada de sus infelices esposas. ¿Quien se molestaría?¿Quien querría verlo muerto?

Joder,joder,joder. Las sirenas suenan más fuertemente por momentos y no sé que hacer. Me visto más rápido de lo que he hecho nunca y cojo mi bolso. Abro la puerta, da igual que lo haga con las manos desnudas, la cama está llena de pruebas contra mí así que no es momento de andarse con sutilezas. En cuanto salgo a la escalera oigo un estruendo, los maderos ya han entrado y yo sigo aquí, cuando hace mucho rato que debería de haber desaparecido. Me saco los zapatos, es una tortura correr con ellos, y así haré menos ruido. Silenciosa y ágil como una gata, subo la escalera mientras mantengo la distancia con los polizontes. Hacen tanto ruido que no me oirían aunque subiese silbando.

En cuanto llego a la azotea la puerta emite un chirrido espantoso, la lluvia me azota la cara y el viento remueve mis ya despeinados cabellos. No estoy segura de que el chirrido haya alertado a los maderos, pero algo me dice que no estoy segura,así que salgo corriendo en una dirección escogida arbitrariamente. Me muero de frío,maldita sea, me he dejado el abrigo en ese apartamento mugriento. Y me repito,que más da si ya van a venir directos a por mí.

Me descuelgo por una cañería de esas que suelen estar sueltas. Por desgracia para mí, esta no es una excepción. Caigo a un tejado desde una altura de dos metros,no demasiado, pero mis pies descalzos reciben todo el impacto. Esto es una estupidez, si sigo saltando tejados esos tipos acabarán por encontrarme. Improviso una pequeña ganzúa con el tacón de mi zapato y rompo una de las ventanas del tejado. Salto dentro, cortándome en el hombro con un vidrio,y en cuanto pongo los pies en suelo seco me doy cuenta de que tengo una brecha en la planta izquierda. Me he clavado un pedazo de teja que me arranco con un grito ahogado. Me lavo un poco la herida con un paño humedecido con el agua de la lluvia y me pongo una venda de las que llevo en el bolso. Dios bendiga a Melanie por advertirme sobre los “casos de emergencia”.

Estoy rodeada de trastos,hasta tal punto que no veo ni la pared. Debe de ser una especie de trastero, aunque me sé de muchos que pagarían por chatarra como la que hay aquí. No veo puerta alguna, pero las vigas de madera me hacen pensar que estoy en un fayado. Asi es que palpo el suelo en busca de alguna trampilla durante un par de minutos. Rezo por que los chicos de azul no hayan reparado en el cristal roto de la casa contigua, rezo por ello y por salir viva de esta. Cuando por fin la encuentro,tiro de la argolla fuerte,muy fuertemente, hasta que consigo abrirla. Toso un poco debido al polvo, pero consigo bajar de un salto. Caigo sobre ambos pies, el dolorido se queja pero le ignoro con una mueca y bajo la escalera iluminada por unas lámparas que deben de llevar años pidiendo una bayeta.

Los escalones, de madera, chirrían bajo mis pies, pero eso ya no me preocupa. Si salgo a la calle como si tal cosa no se darán cuenta de nada. Y tendré tiempo de marcharme lejos, al menos mientras no identifiquen mis huellas...pero mi identidad los llevará hasta el club, en los arrabales. Allí la ley no la marcan ni el ayuntamiento ni la policía ni las mafias ni nadie. Pero si se corre la voz de que una de las chicas del club ha matado a un hombre irán a por las demás. No,no puedo hacerles eso. No puedo marcharme y dejarlas solas con el marrón. Si tengo que dar la cara por ellas,la daré. El club es mi hogar y mi sustento,y ellas, mi familia. Gracias a ellas esta mierda no está tan mal, gracias a ellas he aprendido a ser feliz, por muchos perdedores fofos y cuarentones a los que tenga que satisfacer.

Salgo del portal,con los zapatos puestos, como si nada pasase,aunque mi pie izquierdo me está matando. Dos maderos me miran, pero no como se mira a un sospechoso, sino como se mira a una chica atractiva que se acaba de cruzar en su rutina. Uno de ellos se acerca a mí, antes de que me vaya, con gesto preocupado. Procuro no hacer ningún movimiento extraño, tengo que disimular la herida del pie.

-¿Necesita ayuda,señorita?-preguntó bondadosamente, aunque no dejaba de mirarme como quien mira a un helado un día caluroso de verano-Ese brazo no tiene buen aspecto.

Entonces me di cuenta de que mi hombro no tenía solo un simple arañazo, un pequeño chorro de sangre discurría hasta la punta de mis dedos y se mezclaba con la lluvia. En ese momento, un hombre que debía de ser el inspector salió de la casa donde había estado trabajando hasta hace apenas media hora. Salió con mi abrigo, y con mi cartera en la mano. Deseaba que no me hubiese visto, que hubiera pasado desapercibida o que no se hubiese molestado en mirar en la cartera. No debió de ser así. Se dirigió hacia mí, sacando las esposas de un bolsillo, como si yo fuese una cachorrilla indefenso en una esquina que no quiere dejar que le pongan la correa para salir a pasear. No sé por qué reaccioné como lo hice, no sé por qué, pero el hecho es que salí corriendo, a pesar de los tacones, a pesar de la herida, salí corriendo, ignorando las advertencias del inspector.. Y entonces, cuando creía estar fuera de su alcance sentí algo caliente en el pecho, que de repente se tornó frío. Muy frío.



Me despierto sudorosa y asustada. Las sirenas suenan en la calle y yo estoy compartiendo cama con un cadáver.

¡Crisis!

lunes, 3 de noviembre de 2008

¿Y qué nos dicen?. Que mantengan la calma,que todo se jodió y que adiós muy buenas.