Humanidad (I)

miércoles, 3 de agosto de 2011

-¿Y bien, muchacho?- le susurró Arcant.

Arcane no dudó. Con una afirmación de cabeza, corroboró las instrucciones que Arcant, su padre, le susurrado horas antes, en su casa. En aquella época en que los pueblos no se veían movilizados por amenazas externas y vivían en paz en su aislada organización, los juegos de taberna eran el único pasatiempo que consumía su existencia. Y el mejor jugador, cuya suerte retaban todos era Arcant. El hombre más rico del pueblo de Agarta. Una fortuna reunida casi exclusivamente gracias a la extraña habilidad de su hijo Arcane para manipular los dados. Una habilidad completamente anodina.

El adiós de la infancia

jueves, 28 de julio de 2011

-Adiós, señor Parquiss- se despidió un joven Garland.
-Nos vemos, muchacho-correspondió el señor Parquiss-. Ven a visitarnos de vez en cuando.
-Claro, señor-dijo Garland, convencido de que no volvería a pisar aquella casa de cría nunca más.

Aún así, sintió un pequeño pinchazo de tristeza al atravesar el jardín, congelado por la helada de la madrugada, y abandonar aquel lugar en el que había vivido los primeros quince años de su vida. No había hecho muchos amigos ya que la mayoría de los muchachos que llegaban a aquel lugar lo hacían por desinterés de sus padres o forzados por su situación. Así, él no podía entender cómo se sentían, ya que, aunque conocía a su madre, se había criado entre aquellos muros desde que recordaba. Y su madre... en fin, nunca era un placer verla. Por suerte solo se pasaba una o dos veces cada tres meses. Y hoy, si todo salía como esperaba, sería la última vez que la viera en mucho tiempo...

Llegó a la puerta de la entrada. Allí esperaba Hvid, su madre; la juez Ibenholt, ante una pequeña diligencia con el escudo del Imperio. Sin mirarle y haciendo anotaciones en un cuaderno, le indicó con un leve gesto de la mano que entrara en el carro. Garland agachó la cabeza, esquivando su mirada y se acomodó dentro con su petate.

Su madre entró y, por primera vez, sus miradas se cruzaron. Como siempre, Hvid escudriñaba los ojos del joven Garland, analizandolos, como si intentase intuir algo en ellos, costumbre que Garland detestaba. El carro se puso en marcha y Garland intentó romper el silencio como buenamente pudo.

-Veo que seguís ascendiendo en el escalafón madr... jueza Ibenholt.
-Así es, muchacho-comentó Hvid, relajando un poco el gesto; aún así, seguía mirándole con dureza, con aquellos ojos azulados que parecían estar taladrándole el cráneo- Espero que durante tu formación militar aprendas el valor del esfuerzo y la perseverancia mediante la disciplina. Algo que resulta evidentemente necesario en tu educación-añadió con una mirada reprobatoria, con toda seguridad, lamentando el aspecto desharapado del que tenía la obligación de llamar “su hijo”.
-Y así lo haré, señora- se resignó Garland ante ella, sabiendo que cuando saliese de allí no cambiaría sus costumbres ni un ápice.


Durante el trayecto no volvieron a comentar gran cosa más. Lo único que Garland lamentó fue no poder sentarse más lejos de aquella mujer cuya aura de severidad y poder a partes iguales le oprimía la garganta como una soga. Cuando llegaron a la Academia ya a media mañana, en Tierras Grises, el alivio de Garland fue infinito. Se bajó del carro despidiéndose con un seco “adiós”.

-Espero que la próxima vez que nos veamos te hayas convertido en un hombre hecho y derecho, chico-se despidió su madre con una ligera nota de desprecio.

“Y yo espero que tú te hayas convertido en la bruja ebria de poder que aspiras ser” pensó Garland, pero no se le ocurrió mencionarlo. En la puerta de la academia había bastantes muchachos de su edad y un poco mayores haciendo cola para fichar. En tiempos de guerra no paraban de salir nuevos reclutas de academias como esta para cubrir las numerosas bajas, cortesía del eterno conflicto entre humanos y dragones. Garland agarró su petate y se puso a la cola, como uno más. En el futuro, su papel sería bien distinto del de los demás.

Reencuentro

martes, 19 de julio de 2011

Otra noche bulliciosa en las calles de Cornelia. Esta ciudad continental está dividida en seis grupos de barrios muy delimitados: el Centro, zona elevada sobre la que se levantan los grandes rascacielos como flechas tratando de atravesar la bóveda celeste; bajo estos se extiende el complejo entramado de los suburbios subterraneos, que alternan intrincadas callejuelas con grandes espacios abiertos sobre los cuales la impenetrable oscuridad es la única barrera que los separa de la superficie. Un gran número de soportes evita que todo se hunda sobre los pobres desgraciados incapaces de pagarse una casa en la superficie ni en los barrios periféricos de la ciudad, en los cuales podemos distinguir la antigua ciudad al norte, los arrabales del este, la zona comercial en el sur y el centro comercial (un amasijo de comercios propiedad de las grandes corporaciones asentadas en el centro, resultado del boom económico acontecido tras la abolición de la magia) al oeste.

En los fríos y oscuros suburbios subterráneos existe un pequeño antro llamado el Abrevadero. Un local iluminado por una luz tenue. Un muchacho de cabellos grisáceos y rasgos delicados entra; como dicta la norma en este tipo de locales, deja su pequeña espada al cuidado de la armera. Mientras atraviesa la estancia se fija en un tipo de apariencia joven en la barra; por su aspecto, no debía de tener dos años más que él.

Por su aspecto.

El muchacho se sienta en una esquina y pide un gin tonic sin dejar de mirar a aquel tipo. Otro individuo de cabello negro y aspecto chulesco se encontraba en el lado opuesto a él, sentado en un sofá junto con una chica que jugueteaba con su flequillo. Él, haciendo caso omiso de ella, charlaba distraídamente con un hombre barbudo de avanzada edad y mirada ambarina. “Otro agente, tan inútil como los demás”, pensó el muchacho. Devolvió su mirada al tipo de la barra y lo sorprendió mirándole. El tipo se apresuró a desviar la mirada, pero el muchacho había descubierto lo que quería: era él. Despues de que le sirvieran una copa de ginebra con tónica, se acercó a la barra y se sentó a su lado.

-Whisky, ¿eh?-comentó el muchacho, como quien no quiere la cosa- ¿que hace un chico de tu edad bebiendo algo tan fuerte?
-¿Que hace un chaval de tu edad juzgando mi tolerancia al whisky?-preguntó él, de mala gana.
-Tengo más edad de la que aparento, chico- “mucha más”, añadió para sí. Algo que resultaba difícil de creer, pues además de sus rasgos juveniles, el muchacho era básicamente bajito; entre eso y sus tez delicada, no aparentaba más de veinte años, siendo generoso-. Y bastante experiencia con borrachos. Pero tú eso ya lo sabes, ¿no, número cinco?
-¿Qué me acabas de llamar?- preguntó el otro, sorprendiéndose.
-Número cinco. Tú y yo sabemos a qué me refiero- dejó caer el muchacho, alzando la mano de su interlocutor y observando el cinco tatuado en su palma.
-¡Suéltame!- se espantó aquel tipo; ya fuera fuera por efecto del alcohol o de lo extraño en la actitud del muchacho (o tal vez ambas cosas), no pudo disimular una extraña curiosidad mezclada con un sano temor-. ¿Qué sabes tú de mi que yo no sepa?- preguntó, un poco más relajado.
-Todo lo que necesitas saber; o al menos está en mi mano saberlo. Nos conocimos hace ya tiempo, pero tú de eso ya no te acordarás. ¿Cinco años ya? ¡Vaya, hay que ver como pasa el tiempo!- comentó dandole un pequeño golpe en el hombro-. No has cambiado casi nada desde aquel día. Pero tú de eso ya no te acordarás.
-Hum... me temo que no me suenas de nada- reflexionó el tipo, tocándose una pequeña perilla nacida de puro descuido.
-Tu nombre es Matoya. Naciste en las Tierras Grises, a saber hace cuantos años. Pasaste algún tiempo trabajando para un hombre llamado Angelo y su organización, básicamente un montón de fánáticos con un objetivo que aún a día de hoy desconozco, a la cabeza de los cuales estaba el propio Angelo y doce conej...

Algo en la mente de Matoya había reaccionado al oir su propio nombre y el de Angelo. En su mente empezaban a formarse imágenes confusas como las de alguien que intenta recordar un sueño absurdo y sin sentido. Y, de pronto, una chispa de ira irracional se encendió dentro de él. Extendió el brazo y una de sus hojas, Sombra, con su empuñadura de obsidiana, voló desde la armería hasta su mano, la cual, con un hábil movimiento, se precipitó hacia el cuello de su interlocutor sin intención de erirle, pero este ya había reaccionado y una hoja de hielo salida de ninguna parte se materializó en su mano deteniendo el borron oscuro que había sido Sombra.

-¿¡Quien puñetas eres!?- aquella chispa irracional había brotado en Matoya haciéndole perder totalmente la compostura; una conducta impropia en él.
-Oh, vamos, no hay necesidad de gritar- comentó el muchacho, frunciendo ligeramente el entrecejo, y sonrió- Pero veamos, si tu eres el número cinco... puedes llamarme cero.

Ambos se apartaron y entrechocaron sus hojas, sin tener ninguno la posibilidad de tocar al otro y a una velocidad sobrehumana. Al menos hasta que el tipo de aspecto chulesco se levantó y materializó una barrera de repulsión entre ellos.

-Ha sido divertido, chicos -soltó con un tono tan chulo como sugería su aspecto-, pero francamente, si ya tengo pocos clientes en mi bar, no me interesa que se maten entre ellos. Conque aire.

El que se había presentado como cero y Matoya intercambiaron una mirada y sonrieron de lado. Ambos pagaron, la armera les entregó sus espadas (Matoya recuperó la espada gemela de Sombra, Llama y ¿cero?su extraño ninjaken sin guardia, que envainado asemejaba tal cual un bastón adornado con extraños motivos). Acto seguido, se marcharon del local sin mediar palabra hasta que se hubieron alejado unos metros.

-Vale, ¿sabes que ese tipo lo que menos podría haber lamentado esta noche es una pequeña gresca entre clientes, no?-comentó Matoya riéndose.
-Vaya, aun con ese arrebato que te dió ahí dentro, fuiste observador. Eres un tipo perspicaz.
-¿Observador? Nadie que desconozca la magia sabe materializar una hoja de aire sólido en la mano, más aún sin congelarse los dedos.
-Bah, me sé trucos mejores-comentó el muchacho
-Yo solo sé manipular objetos sin tocarlos, y ni siquiera recuerdo quien me enseñó a hacerlo...
-Usar cualquier habilidad de este tipo en la superficie nos convertiría en fugitivos, lo sabes, ¿no?
-Si no lo supiera -se resignó Matoya- no frecuentaría estos antros oscuros y deprimentes donde la gente ha olvidado hasta el color del cielo. Pero dime, ¿de qué me conoces?
-Todo a su tiempo. Si te interesa tu propia historia, ven conmigo. Es posible que aprendas algo. Y de paso, que tomes un poco el aire, este lugar está viciado...
-Ni siquiera sé tu nombre...
-Mi nombre no te dirá nada, al menos de momento. Pero si te interesa, me llamo Garland. Garland a secas.

El Maestro de Mentiras

lunes, 27 de junio de 2011

El imperio de los dioses. Hechiceros creadores, destructores, una tierra de magia y maravillas allende la imaginación. Y, bajo sus vastos dominios, el Rey de los Dioses, el eterno emperador, vigila. Sobre su trono tallado en piedra, todo lo ve, sin ver. Su armadura, vacía. No tiene rostro. De su máscara de pesadilla emergen dos cuernos, marca de poder. No un poder sin mácula. Una mezcla de magias corruptas y divinas conforman lo que en otro tiempo fue su cuerpo, el cual ya ha olvidado. Su alma permanece en la que en otro tiempo fué su armadura de guerra. Pero hoy, las guerras mortales ya no le interesan. Una capa negra cuelga del trono. Sus dos grandes manos sujetan sus brazos, en un gesto de orgulloso desinterés. Algo brilla en los ojos de la máscara, un resplandor que nunca tiene el mismo color. Un resplandor que delata su ánimo, un vestigio de su humanidad perdida. Pocos conocen su existencia. Los “reyes” que ocupan el trono en la superficie desearían no conocerla. Pues hasta la fecha, no ha existido ningún humano con confianza suficiente como para contradecir a Arcanis.

Nadie ha hablado de dragones.

miércoles, 11 de mayo de 2011

La ventisca arreciaba. El cazador avanzaba con dificultad por el hielo y la nieve tapándose la cara con un brazo; a pesar del frío, llevaba ambos brazos descubiertos y el izquierdo lucía un ostentoso brazalete dorado que le llegaba hasta los nudillos. Su andrajoso abrigo y su melena desgreñada bailaba al son de la montaña mientras sus dos aceros se entrechocaban. De repente, su pie tropezó con algo que no parecía una roca. Su mirada se encontró con un joven desharapado tendido en la nieve. Sorprendido, el cazador sacó una capa de su fardo y envolvió al muchacho en ella, echándoselo al hombro con su brazo dorado. Como si nada hubiera pasado, continuó su penosa marcha a través de la nieve.

El vencido despertó sobre un lecho de piedra, rodeado de oscuridad. Una voz grave le despertó.

-Antes de nada, chico-preguntó el cazador-, ¿quien eres y que hacías tirado en el monte Cocito en mitad de una ventisca?
-No lo... no lo sé... ¿donde estoy? ¿quien soy? ¿Quien eres tu?
-No tengo ni idea de quien eres, pero seguimos en el Cocito, esperando a que la ventisca amaine en esta gruta; en cuanto a mí, mi nombre es Abadón. Cazo demonios.
-¿Demonios?-se extrañó el vencido, si ser capaz de meterse en situación.
-Es evidente que no sabes ni en qué planeta estás. ¿No recuerdas tu nombre siquiera?
-No... no soy capaz de verte la cara.
-No he podido encontrar madera en esta ventisca, habrá que esperar en la penumbra.
-Creo... creo que puedo...- el muchacho palpó el suelo hasta encontrar un guijarro.

Aplicando una extraña fuerza que no sabía muy bien de donde salía, el guijarro estalló en llamas y rodó hacia el centro de la estancia. Tanto Abadón como el vencido se sorprendieron del portento. Sin embargo, lejos de asustarse como su compañero, Abadón sonrió.

-Creo que llamaré Lux Fero.
-¿Lux Fero?-inquirió el vencido- ¿Qué significa?
-"Portador de luz"-comentó Abadón-, en una antigua lengua que ya a nadie le importa.

Entrevista con el Maestro

miércoles, 26 de enero de 2011

-Sí, era una auténtica maravilla- respondió el maestro Pontos-. El mejor alumno que he tenido desde que fui nombrado Alto Mando del ejército. A pesar de su nula capacidad para la magia, ningún otro alumno de la academia militar fue capaz de vencerle jamás-comentaba con admiración-. ¡Que hábil, que ágil, que contundencia en sus embates! Incluso acabó por superarme a mí. Claro que no soy el que era, pero por aquel entonces aún conservaba algo del poder que me hizo ganarme este puesto en mi juventud.
-¿En qué circunstancias desapareció?- inquirió el joven agente, curioso.
-Un hombre de su capacidad debía de ser tenido en cuenta para misiones de alto rango. A él se le fue encomendada la tarea de destruir al principal enemigo del reino, el responsable del nuevo Orden Dragoniano, Tiamat, el Rey Dragón. Aun en época de paz, su presencia resultaba irritante para el Gran Juez y sus planes de expansión. Sin embargo, lo último que se sabe acerca de él en aquella misión es que atravesó las fronteras. El resto es un misterio incluso para los dragones del Orden, pues según he oído, pasó completamente desapercibido ya en sus territorios.
-Ya veo… ¿Tiene idea de cual puede ser su paradero en estos momentos?
-Hum…-el general maestro meditó unos instantes- Nunca llegué a conocerle tanto como para adivinar que se rebelaría contra el Reino de esta manera. Todo lo que hacía parecía ir enfocado a que su madre se sintiera orgullosa de él. No lo consiguió.
-¿Y que hay de su padre?
-Nada en absoluto. Su madre nunca le habló de él. De hecho, prácticamente no hablaban nunca. Ella siempre estuvo ocupada con su trabajo. Supongo que por eso en cuanto salió del orfanato lo metió en la academia militar.
-¿Por qué-inquirió el agente-, si no quería saber nada de su hijo, dio a luz?
-Me temo que eso solo lo sabe ella, muchacho. Yo cumplí mi cometido entrenándole, y desde luego, lo hice bien. Tal vez demasiado bien. Hubiera estado orgulloso en otro tiempo, pero con todo lo que ha sucedido, tengo la sensación de haber creado un monstruo.
-…
-¿Le ocurre algo, amigo?
-Nada- el agente agitó la cabeza- Pensaba en mis cosas-cerró el pergamino con sus notas, se lo metió en su túnica junto con la pluma y se levantó-. Muchas gracias por el té, señor Pontos.
-Lamento no haberle sido de gran utilidad, amigo- comentó Pontos, levantándose a su vez y estrechándole la mano al agente.
-Al contrario, Maestro, me ha sido usted de gran utilidad.
-Por cierto, ya sé que los agentes deben mantener su identidad en secreto, pero está usted hablado con un alto mando del ejército. Creo que podría usted confiarme su identidad para posibles futuras reuniones, ¿no es cierto? Después de todo, he pasado diez años de mi vida entrenando a Nero. Mis conocimientos sobre su técnica podrían resultar de utilidad para la investigación.
-No sobreestime su papel, señor Pontos-contestó el agente con cierto desdén-. Después de todo, ni usted ni nadie podía haber predicho su traición. Pero de todos modos, puede llamarme Nógard. Para posibles reuniones en el futuro- Nógard le guiñó un ojo a Pontos, quien quedó estupefacto ante tanta insolencia, y salió de la estancia con paso decidido.

Iudices Potenti, Iustitia Potentes

miércoles, 29 de diciembre de 2010

-En defensa de sí mismo, Nero Garland Ibenholt, acusado- sentenció la juez.
-Ya ves...-contestó este.
-En la ofensa, Lundaniam, afectado directo.

Un murmullo de desaprobación recorrió la sala cuando la jueza señaló con un gesto de la mano a un viejo y tullido dragón que observaba la escena desde una esquina. Aun a pesar de su mal estado, seguía resultando imponente con sus tres metros de altura, y su presencia en un juicio humano, inaudita. Lundaniam inclinó la cabeza educada y respetuosamente.

- Nero Garland Ibenholt, ¿Jura, a partir de este momento, hablar en virtud de la verdad, ante la justicia, ante el Código y ante Dios?
-Que sí, que sí, ¿podemos ir al grano?
-¿Es usted Nero Garland Ibenholt, hijo de Hvid Ibenholt?
-Y de Grigio Garland, madre, como bien sabes-respondió Garland, insolente.

Una nueva oleada de murmullos recorrió la fila de los magistrados, esta vez más altos. En el centro del hemiciclo se encontraba Garland, de pie y envuelto en cadenas, sellado por un círculo de magia arcana preparado por la misma juez. La primera En la primera fila de las gradas se encontraban, buceando entre papeles, el jurado conformado por cinco Magistrados. A partir de ahí las gradas estaban vacías, exceptuando un par de periodistas y los clásicos cinco guardias encapuchados con sus correspondientes guadañas. Su presencia nunca resultaba necesaria, pero en esta ocasión se encontraban inquietos. La juez Ibenholt se encontraba sentada en el estrado, mientras la luz de la vidriera de su espalda re arrebataba destellos de plata a su canoso cabello. Aquella vidriera rezaba en arcano “Terra Dominos: Iudices Potenti, Iustitia Potentes”, o lo que es lo mismo,“Amos de Terra: Poderosos jueces, poderosa justicia”

-¡Silencio en la sala! Cíñase a las preguntas, por favor-lo recriminó la juez, fulminándolo con la mirada.
-Sí...”señoría”-añadió Garland con un intencionado tono despectivo al pronunciar el título.

La jueza suspiró exasperada, pero manteniendo el control.

-Y usted, Lundaniam, ¿Jura desde este instante hablar en virtud de la verdad ante la justicia y... ejem...?
-No se preocupe, señoría-por primera vez, Lundaniam habló con voz grave y profunda, que resultaba extrañamente cálida-. Aunque los de mi especie no compartamos la fe en que profesais en vuestro Código, puedo seguir jurando por cuanto es sagrado para mí.
-En ese caso, ¿lo hareis así?-abrevió la juez.
-Lo juro.

Toda la sala se encontraba en silencio, tensa, a excepción de Lundaniam y el propio Garland. El nerviosismo no entraba dentro de la naturaleza de un dragón, y en cuanto a Garland, parecía que el hecho de que estuviera a punto de ser condenado a muerte por su propia madre no le resultaba en absoluto llamativo ni interesante, pero su rostro reflejaba una pícara sonrisa.

De este modo comenzó el juicio, con Lundaniam relatando los hechos.

-Yo, Lundaniam el Guardián, fui un habitante del Cinturón. Toda una vida dedicada a la meditación en la Sierra Hueca, cerca de la frontera. Allí tanto Dragones como Humanos vivíamos en paz, un remanso de consenso en un mundo como el de hoy en día. La gran ciudad de Omnia concentraba todo este espíritu. Como muestra de nuestra buena fe ante vuestra especie, dedicamos las cuevas de aquellas montañas a la cría de las nuevas generaciones de Dragones, que crecerían entre los vuestros Aquella ciudad fue, desde hace quinientos años, un templo del saber, en el que Humanos y Dragones compartíamos nuestro conocimiento sobre la magia y el mundo. ¡Hasta que este individuo arrasó, el mes pasado, todo aquello junto con cientos de kilómetros cuadrados de superficie, usando artes prohibidas incluso para dragones milenarios como yo y quebrando la paz entre nuestras especies, la más duradera desde hace siglos, una paz frágil como la más frágil de las porcelanas!
-¿Que necesidad hay de gritar?-interrumpió Garland, de nuevo.
-Señor Garland, no tiene usted la palabra-lo recriminó la juez.
-Sí madr... “señoría”.

Lundaniam retomó su perorata.

-Señoría, como máximo guardián representante de mi especie en la ciudad de Omnia, y por tanto, guardián de la paz entre nuestras especies, puedo decir que este atentado transgrede por completo el Tratado, vulnerando no solo la confianza de nuestra especie, si no también hiriendo el honor de la vuestra y desatando sobre nuestro pueblo el terrible fuego de la guerra que...
-No estamos hablando-lo interrumpió uno de los hasta entonces silenciosos magistrados de la primera fila- de las consecuencias de este desgraciado suceso, que aunque todos lo condenamos, ha puesto las cartas sobre la mesa en lo que respecta a nuestros pueblos, ofensor -Garland sonrió sin volver la cabeza hacia el magistrado-. Intentamos acordar una pena acorde a la magnitud del genocidio perpetrado por este deshecho de hombre-miró con desprecio a Garland con sus enormes ojos grises haciendo un amago de escupir, pero se contuvo-, independientemente de la raza a la que pertenezca usted. Su presencia aquí solo es necesaria como ofensor imparcial al ser único testigo superviviente, conque ahórrenos el sermón sobre una guerra que ya es tarde para detener.
-Primero, magistrado Damien -intervino la juez Ibenholt-, su desprecio hacia los acusados ya ha quedado más que patente en todos los juicios en los que ha intervenido, pero gracias por recordárnoslo una vez más. Por otro lado, también creo que todos los presentes, incluido el señor Lundaniam, conocen su papel en esta sala, así que puede dejar de hacer intervenciones innecesarias y limitarse a votar cuando se le exija.
-Sí, señoría, lamento mi insolencia-se disculpó Damien agachando la cabeza como un perro humillado.
-Continúe, Lundaniam.

Lundaniam echó una mirada dura al magistrado, pero continuó sin alterarse.

-No es solo el hecho de haber acabado con miles de vidas lo que han de tener en cuenta sus señorías, pues serán muchas más las vidas segadas en esta guerra, consecuencia de semejante atrocidad. Pido por ello la máxima pena posible que contemplen sus leyes-la juez pareció estremecerse, pero en seguida reprimió el impulso-, pues ni entre los antiguos como nosotros se ha visto jamás crimen de tal envergadura.
-Pido la palabra- bramó una magistrada de cabello recogido sentada al lado opuesto que Damien.
-Se le concede, magistrada Salma-respondió la juez.
-Gracias. Compañeros del jurado, señoría, señor Lundaniam, coincidirán conmigo en que este no es un caso que resolver con la simple ejecución del acusado. Su misterioso poder resulta demasiado interesante como para privar a nuestros más sabios hechiceros de su investigación-razonó Salma, por un momento cruzando una mirada cómplice con la juez- Desaprovechar oportunidades como esta podría representar destruir la llave de la puerta a una nueva era. Es por ello por lo que considero menester hacer prisionero al acusado y enviarlo a las estancias de máxima seguridad de la Torre de Hielo, donde los mejores teóricos de la magia harán un estudio completo de su arte y poder.
-¿Y te harías tú responsable de lo que pasaría si el prisionero escapase de la fortaleza?- se burló un magistrado achaparrado al lado de Damien.
-Yo me haré responsable- lo cortó la juez Ibenholt. La sala entera, incluídos Garland y Lundaniam la miró sorprendida- Yo me ocuparé de todo lo concerniente a seguridad, después de todo, es mi sello el que le mantiene retenido en estos momentos. Como Juez Superior del reino, poseo suficiente poder para retener al prisionero el tiempo necesario. Y si resulta no ser tan útil como la magistrada salma ha aventurado... yo misma me ocuparé de su ejecución- y, por primera vez en muchos años, la juez dio señales de reconocer a su único descendiente- Después de todo, se trata de... mi hijo.

La sala quedó en silencio. Todos miraban incrédulos a la fría juez Ibenholt, que jamás había parpadeado al ejecutar prisioneros, la poderosa juez Ibenholt, uno de los pilares de la justicia del reino que había escalado puestos gracias a su enorme capacidad tanto para la imparcialidad como para la magia. La misma juez que había limpiado todo el territorio oeste con métodos de lo más chocantes y expeditivos, con un expediente impoluto... concediendo un indulto al criminal más grande jamás juzgado. El silencio se vio repentinamente roto por las sonoras carcajadas de Garland, que se desternillaba en su envoltorio de cadenas, inmóvil.

-No puedo creer que realmente penséis que podéis retenerme en un simple cubito de hielo mientras ojeáis con lupa algo que nunca podréis llegar a comprender y esperar que me quede sentado como si nada.
-¿Acaso crees que puedes aniquilar mi sello como si nada hubiera pasado?- se ofendió la juez mirando duramente a su hijo- He vivido demasiados años viendo ese sello intacto como para creer que hoy en día un cachorro mal criado como tú será capaz de destruirlo. Podría hacerte desaparecer, muchacho, solo con un movimiento de mi mano.
-Lo dudo.
-¡Insolente!- bramó la juez alzando la mano contra su hijo, envolviéndolo en una espiral de truenos danzantes que le recorrieron los musculos y los huesos, produciéndole un agudo dolor. Pero a pesar de aquel intenso dolor punzante, Garland no emitió ni un sonido, aunque sí contrajo una mueca de dolor.
-Me toca -respondió sonriendo maliciosamente.

Las cadenas estallaron y los eslabones volaron por doquier, un algunos de ellos dejando inconscientes a varios magistrados mientras Lundaniam contemplaba la escena inmóvil y sin mover un dedo. El sello pintado en el suelo que contenía el poder de Garland y lo encerraba dentro de aquel círculo se volatilizó. Los cinco guardias se echaron sobre él, pero cuando hubieron llegado Garland había materializado una hoja irregular de lo que parecía hielo en su mano y le había cortado la cabeza a su madre, que no había tenido tiempo ni de reaccionar. Con la mano que tenía libre dejó inconscientes a dos guardias y mató a los otros tres sin demasiado esfuerzo, agarró la cabeza de su madre y la arrojó sobre la mesa de los magistrados, que habían observado la escena horrorizados. Garland clavó en ellos su mirada de rubí que atravesaba la fina cortina de cabello gris que le caía sobre la cara.

-¿Ahora comprendeis? Nada de lo que hagais puede limitarme. Ahora, vuestra magia y mi poder se encuentran en realidades distintas.

Entonces dos enormes y esbeltas alas negras emergieron de su espalda destrozando aquella camisa de prisionero que hasta aquel día había inhibido cualquier capacidad mágica de su portador. Les dedicó una última sonrisa a los aterrados magistrados y salió volando, haciendo añicos la vidriera.